Todo lo que persiste

noviembre 23, 2013


Después del barco encantado, una vulgar carcasa; luego de la sirena, una extraña osamenta. Eso en la orilla del tiempo, la conciencia de lo que fue y ya no es [o todo lo que persiste al abandono del fulgor].

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Se coloca el antifaz antes de decir: «lo siento, no quise hacerlo». Cuando consigue el perdón, se lo vuelve a quitar.

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Donde está el miedo irrumpe el peligro. Nunca al revés.

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El último arsenal de compasión que debería preservar el hombre malo es no ceder a la tentación de fingirse bueno. Un ser maléfico que proclama «soy malo» puede redimirse y hasta glorificarse mediante esa sencilla advertencia.

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Si se trata de olvido, lo ideal quizá sería olvidar el mal que nos hacen pero no el que hacemos.

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La crítica más severa es aquella que no se dice, la que se queda atrapada en la bóveda palatina y no cruza la frontera de los dientes.

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La única y magnífica diferencia de unos con otros es qué hacen con su tiempo.

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Viste dardos venir desde los cuatro confines
y te los has clavado
creyendo que eran para ti
que todos los dardos envenenados del mundo eran sólo para ti.

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Bendito aquel que en la batalla no se alía y pierde solo, aplastado por un ejército.

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Viajar rápido, a la velocidad del corazón.

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La costumbre puede convertir lo más terrible en algo tolerable, normal y hasta amado.

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Los actos buenos no suprimen los actos malos.

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He visto al dragón prisma: el poder de lo que no existe.

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Un justiciero que no mancille la justicia: ¿dónde?

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Tú no sientes el dolor; tú lo creas.

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La desnudez más pura es la del corazón; y la más obscena, la de la mente.

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Remontar el castigo divino es descender a un estadio espiritual inferior.

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Lo que das ya no te pertenece. Si lo necesitas, pídelo como se pide lo quimérico.

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Unos usan la fuerza para salir, ascender, salvarse; otros, para resistir.

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El ángel es excluyente: te muestra en un espejo en el que sólo él se puede reflejar.



La escena

septiembre 8, 2013


Es preciso saltar a tiempo del escenario para aplaudir a rabiar aquel acto cumbre en el que ya no estás.
Ser —sencillamente— quien lanza la rosa
desde la oscuridad.




Has perdido algo valioso en el trayecto. Te detienes, y la primera idea que te asalta es volver sobre tus pasos, uno a uno, como si el hilo de Ariadna pudiera resplandecer, aun en la penumbra, para ti. Una ristra de fuego sagrado para guiarte. Avanzas en reversa, días y noches. Luego volteas y caminas, con los ojos abatidos pero alertas, en dirección opuesta de donde te dirigías antes de percatarte de la ominosa pérdida. Tienes voluntad y esperanza. Pero pronto comprendes que ningún camino es recto ni estático para el que retorna, y cada paso que das solo te sumergirá en lo más nebuloso de un laberinto giratorio. Y ahí estás.

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Lo que es de otros es tuyo, pero no lo tomes.

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No son pasos
los que te llevarán a tu destino
sino el deseo.

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La sensibilidad tiene que ver con la sorpresa, es el dolor ante lo inesperado. La reiteración de lo que duele vuelve insensible a quien sufre. Sucede con el punzón repetido en el ojo: el objeto que lo hiere finalmente lo dejará ciego; luego ya no habrá ojo, solo una cuenca que atravesar, el vacío que ya no duele. Lo mismo ocurre en el campo de batalla: después del cruento enfrentamiento, el soldado pasará sobre los cadáveres como quien esquiva obstáculos. Y así en todo, el hombre primero se estremece, se asquea, reclama, grita ante lo que le es insoportable; pero llega el momento en que al ver lo que abomina, suelta la risa y calla. Habrá nacido en él el tedio, después de la náusea y el asombro.

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Reír es bajar la guardia: no hay batalla que se sostenga si dos enemigos comparten la risa. Para detener a dos que se enfrentan, puede más la cosquilla que los fórceps.

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El llanto es una ofrenda al mal.

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Adsum (aquí estoy).

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El amor se enciende cuando te sueltas de la mano, cuando sales y apagas la luz, cuando dices adiós y te marchas. Después, y en cada intervalo, sencillamente discurre la vida.

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Soñé que tenía mi corazón en las manos, y no era la idea sublimada de esa pieza. Era mi propio corazón, horrendo en su realidad, por arrancado de su sitio. Todavía latía, mediano, casi pequeño. Ya lo dije, era todo lo real posible. Sin embargo, no parecía fresco: su color era exactamente igual al de una víscera a punto de cocción. Pobre corazón, fuera de mí. Palpitando en mis manos. Lo examiné y vi que tenía una tapa metálica como si se tratara de una granada de guerra (o la idea que tengo de una granada de guerra). De repente, sentí que mis fuerzas disminuían y comencé a preguntarme cómo podía seguir respirando con esa falta. Sentí miedo. Lo puse en una bolsa de plástico, con cuidado pero sin esforzarme demasiado. Alrededor, la gente seguía su camino. Quizá les parecía normal lo que me estaba sucediendo y no hacían nada para salvarme. Quise gritar, pero permanecí callada: pensaba que pedir auxilio me debilitaría más.

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La tentación de la orilla se vence con un sorbo de mar.

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Si todo transcurre en el orden natural, el peso que uno carga se hará más grande y fuerte con el tiempo; y el cuerpo que lo sostiene, el nuestro, más débil. Pocos cuerpos resisten ese suplicio, y se convierten pronto en el peso.

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Conozco el dolor, pero no tengo pruebas.

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La increencia.

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En una calle sucia y de luces agónicas, un hombre detiene el bus y sube. Está asustado y pálido, y mira a los lados como si todavía alguien lo persiguiera. Pero ya va a ser la medianoche y muchos dormitan.
—Tuve miedo de esperar en ese paradero. Pensaba que me iban a atacar —dice para quien quiera escucharle.
El viaje, su viaje, consiste en escapar del peligro. Cuando baja, le esperan calles oscuras y más sucias que aquellas de las que surgió. A unos metros, se ven siluetas apenas iluminadas por cigarros encendidos. Él camina en esa dirección con paso firme, y se pierde entre las sombras. Está a salvo.

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La multiplicación de los dioses es la anulación de Dios.

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Ninguna belleza como la que otorga la tristeza: el sereno encanto en el rostro: brillo de metal en los ojos, que alcanza para iluminar el cuerpo mientras se consume.

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El punto máximo de la sensibilidad no es el llanto, sino la náusea.