Diario 33. Las cosas que he visto y he pensado en estos días: La vida es un cansancio

enero 14, 2012


Una huella sobre la huella.

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La vieja gloria no reaviva el espíritu, lo traspasa. Su fuerza es en exceso superior al cuerpo actual que la sostiene o intenta. Sobrevivir a la vieja gloria sólo es posible relegándola al desván, donde reposan los trastos.

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Quizá lo único que tengo derecho de derrumbar es lo que he construido, eso mientras alguien más no lo haya tomado como refugio.

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No existe modo alguno de comparar algo ausente y reemplazarlo por lo nuevo con la creencia de que es lo mismo. Lo único que hace la melancolía para llenar ese vacío es transformar lo nuevo en una réplica forzada de lo perdido: trocando líneas por curvas, azules por grises, esplendor por brillo fatuo; si hasta es capaz de hacernos creer que el gato es leopardo. Cuando eso sucede, ya todo da —debería dar— igual.

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En el combate. Coincidir en el golpe frontal, los puños estallan al unísono, las heridas se abren al mismo tiempo, el dolor es una conjunción de furia. En este punto de choque, ¿quién es el atacante, quién el agredido?

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Pienso en el valor que le damos a la vida. Veo, por ejemplo, a los obreros. Ellos arriesgan. Pienso exactamente en los albañiles. Cuelgan del trapecio del peligro mientras construyen. Su tarea, allá arriba, sobre vigas de equilibrio, es ínfima: colocar un ladrillo sobre otro. No habrá aplausos al final de la jornada, como sí los habría para el funambulista. Pero aun así, el albañil arriesga su vida: va y viene por escaleras de miedo con cargas sobre su espalda tostada por el sol. Quienes transitan el peligro a cambio de poco quizá creen que si mueren nada le quitan al mundo. En cambio, los cautos, los temerosos, casi siempre tienen planes. Están convencidos de que sus vidas son importantes. Y se cuidan. Y contratan a otros para que, si algo fallara, mueran por ellos.

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Te das cuenta de que te has traicionado, y que no puedes volver a confiar en ti —si no nunca más, al menos durante una larga temporada— cuando todo en ti (tu cuerpo, tu mente, tu espíritu) dice no, y tu boca pronuncia sí.

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6:10 a.m. Llamada telefónica. «XX ya descansa en paz». ¿Es eso? ¿Al final de todo nos espera el descanso? Deducción somnolienta: ¡La vida es un cansancio!

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En el arte de la precaución aprendemos que el peligro es un dios huidizo.

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En el trabajo. Alguien cumplía sus últimas horas de contrato, antes de abandonar las tareas que ya se le hacían irrespirables. Entre los ajetreos, le oí decir: «ya no más esta estúpida ropa». Lo dijo mientras se aflojaba la corbata como quien intenta zafarse de una horca. Imaginé que al llegar a casa lo primero que haría sería arrojar a la basura toda esa detestada cobertura de telas. Porque siempre es así, parte de nuestra libertad consiste en quedarnos desnudos.

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La memoria es un escaparate de muertos.

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Quien responde con tardanza, se arriesga a que sus palabras se conviertan en un monólogo.

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Pienso en dos seres idénticos: uno me ama, el otro es un completo desconocido. Ambos son perfectamente iguales en sus rasgos, pero los diferencia el amor. La mirada del primero es viva, se enciende como una lámpara e ilumina; la mirada del otro es fría, como si un velo de hierro le cubriera el rostro. Son tan diferentes: francamente opuestos.

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¿Disidente de la disidencia?

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Reemplazar es colocar un nombre sobre otro nombre.


[apuntes dispersos del 2011]

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