♥TinaTurner♥
enero 28, 2012
.ir por la calle: escucharla en el aire: correr a casa: buscarla con desesperación: encontrarla.
Diario 33. Las cosas que he visto y he pensado en estos días: La vida es un cansancio
enero 14, 2012
Una huella sobre la huella.
─═ ☆ ═─
La vieja gloria no reaviva el espíritu, lo traspasa. Su fuerza es en exceso superior al cuerpo actual que la sostiene o intenta. Sobrevivir a la vieja gloria sólo es posible relegándola al desván, donde reposan los trastos.
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Quizá lo único que tengo derecho de derrumbar es lo que he construido, eso mientras alguien más no lo haya tomado como refugio.
─═ ☆ ═─
No existe modo alguno de comparar algo ausente y reemplazarlo por lo nuevo con la creencia de que es lo mismo. Lo único que hace la melancolía para llenar ese vacío es transformar lo nuevo en una réplica forzada de lo perdido: trocando líneas por curvas, azules por grises, esplendor por brillo fatuo; si hasta es capaz de hacernos creer que el gato es leopardo. Cuando eso sucede, ya todo da —debería dar— igual.
─═ ☆ ═─
En el combate. Coincidir en el golpe frontal, los puños estallan al unísono, las heridas se abren al mismo tiempo, el dolor es una conjunción de furia. En este punto de choque, ¿quién es el atacante, quién el agredido?
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Pienso en el valor que le damos a la vida. Veo, por ejemplo, a los obreros. Ellos arriesgan. Pienso exactamente en los albañiles. Cuelgan del trapecio del peligro mientras construyen. Su tarea, allá arriba, sobre vigas de equilibrio, es ínfima: colocar un ladrillo sobre otro. No habrá aplausos al final de la jornada, como sí los habría para el funambulista. Pero aun así, el albañil arriesga su vida: va y viene por escaleras de miedo con cargas sobre su espalda tostada por el sol. Quienes transitan el peligro a cambio de poco quizá creen que si mueren nada le quitan al mundo. En cambio, los cautos, los temerosos, casi siempre tienen planes. Están convencidos de que sus vidas son importantes. Y se cuidan. Y contratan a otros para que, si algo fallara, mueran por ellos.
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Te das cuenta de que te has traicionado, y que no puedes volver a confiar en ti —si no nunca más, al menos durante una larga temporada— cuando todo en ti (tu cuerpo, tu mente, tu espíritu) dice no, y tu boca pronuncia sí.
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6:10 a.m. Llamada telefónica. «XX ya descansa en paz». ¿Es eso? ¿Al final de todo nos espera el descanso? Deducción somnolienta: ¡La vida es un cansancio!
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En el arte de la precaución aprendemos que el peligro es un dios huidizo.
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En el trabajo. Alguien cumplía sus últimas horas de contrato, antes de abandonar las tareas que ya se le hacían irrespirables. Entre los ajetreos, le oí decir: «ya no más esta estúpida ropa». Lo dijo mientras se aflojaba la corbata como quien intenta zafarse de una horca. Imaginé que al llegar a casa lo primero que haría sería arrojar a la basura toda esa detestada cobertura de telas. Porque siempre es así, parte de nuestra libertad consiste en quedarnos desnudos.
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La memoria es un escaparate de muertos.
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Quien responde con tardanza, se arriesga a que sus palabras se conviertan en un monólogo.
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Pienso en dos seres idénticos: uno me ama, el otro es un completo desconocido. Ambos son perfectamente iguales en sus rasgos, pero los diferencia el amor. La mirada del primero es viva, se enciende como una lámpara e ilumina; la mirada del otro es fría, como si un velo de hierro le cubriera el rostro. Son tan diferentes: francamente opuestos.
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¿Disidente de la disidencia?
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Reemplazar es colocar un nombre sobre otro nombre.
[apuntes dispersos del 2011]
Hay algo malo dentro de mí
enero 14, 2012
La sensación de que todos estamos siempre sumergidos. Algunos asoman la cabeza a la superficie con insistencia, para aparentar que están siempre a flote. Otros se resisten a esa condición de ahogados y rara vez agitan los brazos o salen a tomar una bocanada de aire o flamear una bandera.
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Un pez que escupe la carnada y muere de hambre, y de libertad.
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Un niño que dice: «mira, un cometa». Una niña que eleva la mirada buscando el cometa. Intervalo de comprobación: ¿la realidad o la imaginación? Gana la realidad. La niña no ve el cometa. El niño escapa, riendo.
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Está la equivocación de corregir un error cometido en una persona distinta a la agraviada. Esto conlleva a un nuevo error que tendrá que ser subsanado en una tercera persona, y así sucesivamente.
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En un establecimiento público el dueño discutía con su empleada, a la que acababa de despedir.
—Lo que has hecho no sólo me afecta a mí sino también a mi negocio.
—Pero usted no quiere decirme qué es eso tan grave que hice.
—¿Todavía cuestionas? Apenas me pongo de espaldas, traicionas mi negocio.
—No le estoy pidiendo que no me despida, sólo quiero una explicación.
—Lo que tú no sabes es que de espaldas veo el doble, porque mando a ver.
Era una discusión absurda que no observé directamente. Hubiera podido hacerlo: ver los rictus de ofuscación de la joven y la ira estampada en el rostro de ese hombre. Pero preferí sólo escuchar, de espaldas.
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Desde la inocencia también se puede ser remedo —puro— de la malicia.
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Un capitán debería reconocer cuando el destino de su navío es naufragar. Identificar el instante preciso en que el hundimiento comienza y no hacer intentos contrarios. A partir de entonces, cualquier maniobra tendría que ser sólo en favor del naufragio.
─═ ☆ ═─
Dije —siempre—: haz lo que quieras
y deseé que se hiciera mi voluntad.
─═ ☆ ═─
Casi las 2 p.m. Por la ventana, veo a un perro, mediano, lanudo, de esos que causan más ternura que miedo, arremeter contra las palomas que pasean por la arena. El perro toma viada e invade el terreno de las aves, ellas alzan vuelo, bajito, casi al ras, sólo para esquivarlo. El perro vuelve con más impulso y se arrellana contra el conjunto que esta vez se eleva más alto. Es una farsa. El perro no es tan malvado como para trozarles las alas. Sin embargo, ellas escapan, simulando pánico. Le siguen el juego para no ser atrapadas por el aburrimiento.
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Tengo espigas en una esquina de la sala: la falsa es la más llamativa.
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A veces la proximidad es la señal de la más insalvable lejanía: extendemos los brazos para tocar eso que al fin está frente a nosotros y la imagen desaparece. Espejismos.
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Dejar que el búfalo (pensar mejor en la estirpe) retorne a la manada y acampe, feliz, con los de su especie. Desistir de seguir arreándolo hacia el estanque de los cisnes.
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Por la noche: pasar por la sección de pescados y mariscos en el supermercado, como quien asiste a una exposición de arte abstracto: intentando hallarles excelsos significados a las formas inertes.
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Un niño muy pequeño y una anciana ya muy mayor. Ambos van cogidos de las manos, distraídos, vacilantes. Difícil saber quién guía a quién: él es todavía trémulo por lo prematuro de su tiempo; ella también, por lo sobregirado de sus años. Sólo el bastón parece realmente firme y más decidido mientras cruzan la pista.
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El peligro de la palabra que habla sin permiso, y me ofrenda.
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Este mi volver constante
no para ser
sino para recoger lo que he sido.
[apuntes dispersos del 2011]
Todo está conectado
enero 2, 2012
«There is so much love in the world, John, so much love. And there is death. Maybe mostly death at the moment. People are dying in the streets because they miss each other, miss love, miss closeness. Look, I’m forgetting something. I have… I have a note about you. It says [...] and I can’t read my own note. I make a note and I can’t read it. It’s an important note. An old note… The disorder of the world [...] It’s all connected some how, it’s all connected…»
El tiempo es la tragedia que nos sucede, a todos.
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Tres de la tarde, aproximadamente (no tengo reloj en la casa nueva). Leo y mis manos tiemblan. Me doy cuenta de que el estremecimiento tiene que ver directamente con el corazón. Si los latidos se aceleran, las manos crepitan más. ¿Qué será de aquellos que sostienen firmes una hoja de papel como si con dos tenazas de hierro? ¿Cómo estarán de estáticos sus corazones?
─═ ☆ ═─
Cuando cierro los ojos, sigo viendo. Nada queda afuera: todo está adentro.
─═ ☆ ═─
En mis diarios yo me borro (como ser que se vincula y tiene un entorno real). Anoto poco, en extremo poco, sobre detalles domésticos y cotidianos. Por ejemplo, no tomo apuntes de lo que comí o del clima o de nombres de personas. Sólo consigno sensaciones: mi reacción a todo es escribirlo. Si intento saber el porqué, me respondo que quizá se deba a esas ganas de ser en otros, sin nombre, sin patria. Pero así me anulo, porque no soy alguien en quien los otros puedan ser. La rosa quiere narrar de la espina universal, pero apenas se da cuenta de que es enredadera.
─═ ☆ ═─
Todo afuera es tan de otros
poco queda para ti
si tienes ganas de subir las escaleras
recuerda que no son tuyas.
¿Todavía duermes?
─═ ☆ ═─
Pienso que hay quienes corrompen el amor, le dotan de aristas innobles, cercenan el brote puro para ramificarlo en tentáculos. Hacen eso y contemplan el devenir, impávidos, como si se inyectaran una sustancia convulsiva y esperasen sus efectos desprovistos de toda emoción. Y este atentado contra el amor —su amor— es quizá la única forma que hallaron para que no se les haga tan insoportable una nueva pérdida.
─═ ☆ ═─
¿Adónde se ha ido tan pronto el ángel que te habitaba? El chico sentimental ha pasado a ser el hombre cansado, alistándose, ya sin alas, para su próxima migración (nocturna).
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Cuando todo es nuevo alrededor, una caricia —y hasta la risa—, la misma, te asusta. Siempre estás en posición de huir o encogerte, para ponerte a salvo.
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Anda, deshazte
y regresa: ligera: semilla
¿no puedes?
[apuntes dispersos del 2011]
Día de sol
diciembre 22, 2011
Siete banderas flamean en mi corazón
territorio conquistado
arena de los vencederos
nunca más mío
la espada de un héroe muerto
me atraviesa
el esófago
y grita victoria con voz sangre
yo canto
campo devastado tambores
de guerra perdida lugar
de tragedia cementerio
de furia
canto canto canto
y es domingo.
Contenido y recipiente
noviembre 27, 2011
Hay una extraña alegría en descubrir que el contenido —uno mismo— no está más en el recipiente, luego de años de verterse en él gota a gota. Entonces, con curiosidad neurótica, rodeamos el recipiente para hallar la fuga evidente. Tardamos en descubrir diminutos agujeros por doquier. Lo siguiente no es el lamento, sino el ya mencionado regocijo de saber que el recipiente era un sencillo cernidor doméstico. Entonces, intentamos recoger el líquido escurrido en todos sus estados, por las fluctuaciones del sol, y aguardamos hasta recuperar —de un asalto, una noche cualquiera— la última gota ya convertida en escarcha.
algas y viento de mar
octubre 30, 2011
.regreso.
Testigo preferencial
septiembre 5, 2011
Una hormiga ve llegar al saltimbanqui de Normandía y no sospecha que para irrumpir en la plazoleta ha tenido que cruzar, con hambre, los puentes rotos sobre el Sena y el Loira. La señora de la casa ambarina, que practica una receta de pan escuchando A Night in Tunisia y deseando levemente un romance en París sin esposo, tampoco predice de dónde ni para qué ha llegado el saltimbanqui. Pero, a él no le importan esos detalles indelicados, esa poca percepción con olor a cebollas frescas y harina a punto de caducar; y saltando-saltando explora con fervor y delirio la pileta, las baldosas, los azulejos y, sobre todo, los cazabombarderos que, desde las esquinas, amenazan con desbaratar la explosiva paz del lugar. Pero, en ese su natural deslumbre, el saltimbanqui se equivoca de piruetas hasta enredarse en la alambrada que le desgarra el puntiagudo gorro y los pantalones de campana. Se cubre con las manos todo lo que puede: le teme a que alguien espíe con malicia sus latidos. Nadie se ríe, y es lo mejor. Maltrecho, se equivoca de muecas hasta desembocar en llanto. Todos lo miran, un conejo, las colegialas y hasta el dependiente de la casa de cambios que merodea para captar nerviosos clientes que de pronto sientan espasmódicos deseos de hacer una millonaria transferencia a un pariente pobre del otro lado del Sena, pero él sólo quiere volver a ser el equilibrista que saltando-saltando cruza el Loira por un aplauso o una propina o una sonrisa o una caricia o una promesa de revolución. Se repone y, en una breve pelea, se hace del escudo de plástico que el hijo de la señora que amasa bizcochos ha sacado temprano para cazar hormigas haraganas y algún distraído paquidermo. El chico llora y el saltimbanqui, que sabe de batallas desiguales, le recompensa con una urgente nube de azúcar arrebatada al jardinero que anda regando sobre los insectos, sin excluir a la hormiga que ni sospecha. Ahora está sediento y vehemente. Jadeando, despierta al bardo ebrio que reposa sobre el césped y, sin rodeos —como quien le canta sus derechos a un acusado—, le informa: “Me gusta el cognac tanto como las tormentas de arena en el médano”. Se embriaga solo. Tiene recuerdos sin clasificar y quiere olvidarlos, todos, para devolverse ligero a una guerra de donde cree haber partido. Antes de marcharse, perturba con alevosía al enjambre del único árbol empotrado en la catedral y se persigna para no caer en la tentación de quitarse los zancos y empezar a volar como la abeja reina que lo perseguirá hasta liberarse de su aguijón. No ha sido un buen día. En la plazoleta no quedan espectadores, sino testigos: el chico dirá que no vio nada. Y los agentes del orden sólo le creerán a él, por aquello de que los niños siempre-siempre dicen la verdad.
/1.5.2008/
Un encuentro casual en una tarde cualquiera
enero 28, 2009
Ruel hace una rara contorsión, y es como si acabara de inventar el movimiento. Trato de imitarlo. Pero quien me viera pensaría que de repente soy un invierno anómalo, una gata hidráulica desencajándose, un pobre insecto en mutación o una esparcilla oscilante. Yo sólo soy una exaltación, de Ruel; un pedido de auxilio, a Ruel; un falso augurio, de todo lo que nos rodea. Él voltea a verme. Yo disimulo, me quedo quieta, sumersa en el vacío, hablándole sin verle del siguiente día: ¿qué pasará mañana? Ruel deja caer el hielo en la copa con la parsimonia de la arena circulando en un reloj. Su respiración es la agitación de un desierto mientras me cuenta, una y otra vez, de los pedregales por los que retornará Perséfone. Y será primavera, me dice como quien cura una ausencia. Luego se desahoga de su única verdad: ¿sabes?, el destino es lo que te ocurre cuando tu ciclo ha terminado. Cuando ya no hay duelo, le digo. Ni direcciones anotadas en un papel, se lamenta. Cuando ya no existe todo lo que nos hizo felices o desgraciados, convenimos.
—¿Cómo fue que nos conocimos?
—En una tienda de antigüedades.
—Nunca me dijiste tu nombre.
—Perséfone.
¿Felicidad?
julio 14, 2011
*
Desplazamiento
julio 20, 2011
Caminaba a mi lado como en los tiempos mejores, sin aullidos secos de animal lacerado. Yo miraba escurrirse la lluvia por su pelambre de rafia fina. Lo veía bello, bellísimo, en su perfecta evolución de vencedor a vencido. Besé su frente abominable y divina. Las pisadas antes terríficas sonaban sublimes a mi marcha y despertaban la fe en el dios todopoderoso de la música. Bajo su influencia exacta, sentía nuestras almas atravesando lo claro y puro hasta recuperar la celebración de la vida. Y volvíamos a ser niños aterrizados sobre lo hostil. Arrancados de algún paraíso. Ríe que ríe. Empalideciendo a los ángeles crueles que sólo saben ser mármol bajo el musgo, lienzos humillados por el tiempo. Ríe que ríe de la sinfonía de cristales rotos. De ellos. De todos. Y de nuevo silenciosos, gravitantes y graves. Caminando sin rumbo como en tiempos mejores. Ángeles escapados que no espían más los sueños de infantes. Comenzamos a decir adiós, de una vez, a todo. Como si hola, sol naciente. Hola, efigie de la sombra. Hola, muralla china. Hola, Verlaine. Hola, Antártica. Hola, hombre araña. Hola, Támesis. Hola, Rimbaud, me estoy portando bien. Hola, corazón del laberinto. Y todo —absolutamente— quedaba atrás como en el gran viaje.
retrato [bailable] de la ambición
julio 24, 2011
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lo único que necesito es todo
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La chica y el viento
agosto 5, 2011
La chica de la bicicleta
pierde el sombrero en plena marcha
se detiene
y va a recogerlo caminando
el sombrero vuela
sigue volando
la chica sube a la bicicleta
y cambia de rumbo
ahora va en dirección del viento
entra en la niebla
detrás de lo perdido.
Viento, dile a la lluvia
agosto 7, 2011
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La valía de un objeto mientras aún está en el aire
agosto 8, 2011
En la calle, un tipo joven hace malabares para atrapar en el aire un papel que se le va de las manos. No lo consigue. Mira por unos segundos el trozo blanco y arrugado en el suelo. Su mirada es una despedida, y quizá un reproche, hacia aquella insignificancia que no cooperó para quedarse en sus manos. El papel era válido mientras permanecía, esquivo, en el aire. Y, ya de vuelta en sus manos, habría —quizá— ido a parar a su bolsillo como algo útil y digno de conservar. La maniobra fallida para rescatarlo lo convirtió en un desperdicio que no merecía interrumpir su paso ni el de nadie más.
[de: mi diario]
Yo tenía…
agosto 20, 2011
.le llevaba sus baquetas en un bolso gris.